Un crucifijo tallado, iluminado en una iglesia en penumbra
En sus propias palabras

El Via Crucis

Catorce meditaciones sobre la Pasión, escritas y predicadas por el padre Fulton J. Sheen el Domingo de Ramos, 20 de marzo de 1932. Sus palabras se dan aquí en traducción fiel e íntegra.

Dedicado a la amadísima Virgen María, Madre de Jesús, Puerta santa por la que Dios vino a los hombres. En súplica orante, pidiendo que las almas amantes que buscan el Amor te encuentren a ti: la Puerta por la que los hombres vuelven a pasar hacia Dios.

La Crucifixión con la Virgen y san Juan
Pintor anónimo de la corte mogol (India), Crucifixión, c. 1600. Aga Khan Museum

Introducción del autor

El autor de estas meditaciones sobre el Via Crucis tiene un doble propósito al ofrecerlas. El primero es que enciendan en las almas un amor ardiente por el Salvador Crucificado, que por su Pasión y su Muerte nos reveló que solo por la Cruz somos introducidos en la gloria y en la vida eterna. El segundo es que quienes mediten en el gran amor de Nuestro Señor por los pecadores tengan la bondad de decir una oración por el autor, para que el aumento de los años traiga aumento de intimidad con el Amor que es Dios. - Padre Fulton J. Sheen

Oración antes del Via Crucis

Está por alzarse el telón sobre el terrible e imperecedero drama de tu Amor redentor. Al escuchar tus palabras: «Toma tu cruz cada día y sígueme», me detengo lleno de temor, pensando que su peso puede ser demasiado grande y su vergüenza demasiado amarga. Si pudiera comprender que tu mandato de seguirte al Calvario no es la ley férrea de un destino cruel, sino una condición de la felicidad eterna, quizá podría recorrer mejor el camino. Pero temo, querido Jesús, que, al tenerte a ti, no pueda tener nada más. Disipa este temor y hazme ver la muerte como condición de la vida. Por medio de tu apóstol Pablo nos has enseñado que es la alegría que nos espera al final del camino la que nos permite soportar la Cruz. Y tú mismo, con amorosa bondad, has llamado a todos los cansados y agobiados a venir a ti, donde encontrarán descanso para sus almas. ¡Entonces tomaré la Cruz, Jesús! ¡Por qué hemos de amarte tanto!

I Jesús es condenado a muerte

Jesús es condenado a muerte
Gebhard Fugel (Alemania), ciclo del Via Crucis, iglesia de San Antonio, Bad Saulgau

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.

Pilato, el político oportunista, salió a su pórtico bañado por el sol. A su derecha estaba Cristo, el Justo, que vino a dar su vida por la redención de muchos; a su izquierda estaba Barrabás, el malhechor, que había incitado una revuelta y quitado una vida. Pilato pidió a la multitud elegir entre los dos: "¿A quién quieren que les suelte: a Cristo o a Barrabás?"

¿Cómo habría respondido yo a esa pregunta, de haber estado en aquel patio la mañana del Viernes Santo? No puedo escaparme diciendo que la pregunta pertenece al pasado, porque es tan actual hoy como entonces. Mi conciencia es el tribunal de Pilato. Cada día, cada hora y cada minuto del día, Cristo comparece ante ese tribunal como la virtud, la honradez y la pureza. Barrabás comparece como el vicio, la deshonestidad y la impureza. Cada vez que elijo decir la palabra sin caridad, hacer la acción deshonesta o consentir el pensamiento malo, digo con todas sus letras: "¡Suéltanos a Barrabás!", y elegir a Barrabás es crucificar a Cristo.

Ruega por nosotros, oh Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

Oh Jesús, muchas veces en mi vida he preferido a Barrabás antes que a Ti. No hay manera de deshacer esa elección sino llegar hasta tus pies y suplicar tu perdón. Pero eso es tan humillante, porque llevas puesta la túnica de un loco y sostienes en la mano el cetro de caña de un rey de burlas. ¡Qué difícil es hacer penitencia y admitir que soy culpable! Qué difícil es dejarse ver contigo, que llevas tu corona de espinas. ¡Es difícil! Pero hazme ver, Jesús, que más difícil es llevar la corona de espinas.

II Jesús carga con la Cruz

Jesús carga con la cruz
El Greco (España), Cristo con la cruz a cuestas

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.

Nuestro Señor llevaba apenas cuarenta días de visita en nuestra tierra cuando Simeón, con visión profética, declaró que sería signo de contradicción. Ese día había llegado, porque "vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron". Como símbolo de la contradicción del mundo a su mensaje de vida, le dieron una Cruz, en la que un madero se cruza con el otro.

Pero por un acto divino, Él hizo del signo de contradicción el signo de la Redención. El círculo es el símbolo del egoísmo, porque está siempre circunscrito por el yo, incapaz de romper sus límites; pero la cruz es el símbolo de la redención, porque sus brazos se extienden, hasta el infinito, para abrazar dentro de sí a toda la humanidad.

Ruega por nosotros, oh Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

Yo sé, querido Señor, cómo se hacen las cruces. Tu voluntad es el madero vertical; la mía es el madero horizontal. Cuando pongo mi voluntad contra la tuya, hago una cruz. Hasta ahora, querido Jesús, no he hecho otra cosa que fabricar cruces, desobedeciendo tu santa ley y afirmando mi deseo egoísta. Concédeme no hacerte más cruces, sino poner de aquí en adelante el madero de mi voluntad junto al madero de la tuya, y hacer un yugo que sea siempre suave y una carga que sea siempre ligera.

III Jesús cae por primera vez

Jesús cae por primera vez
Manuel da Costa Ataíde (Brasil), Via Sacra

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.

Tres veces fue tentado Nuestro Salvador en el monte, y tres veces cayó camino del monte Calvario. Así expió nuestras tres caídas ante las tentaciones de la carne, del mundo y del demonio.

Después de ayunar cuarenta días en el desierto, Nuestro Señor tuvo hambre. Satanás lo tentó primero por el lado de la carne, pidiéndole hacer lo natural cuando se tiene hambre: usar su poder y mandar que las piedras se convirtieran en pan. Pero el Maestro replicó que el alimento que sacia las ansias de nuestro corazón no viene de la carne, sino del Espíritu de Dios.

Muchas veces yo también he sido tentado a ceder a las exigencias de mi naturaleza inferior cuando debía servir al espíritu. Pero, a diferencia de mi Maestro, caí consintiendo a los impulsos de la carne en vez de a los impulsos de la gracia, y haciendo lo natural cuando debía hacer lo sobrenatural. Y ay de mí: siempre he comprobado que ceder a los impulsos bajos deja hambre precisamente donde promete saciar, y que con el pan de los deseos inferiores ningún hombre puede vivir.

Ruega por nosotros, oh Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

Cuando mi cuerpo se estremezca bajo el poder de Satanás y mi carne sea golpeada por el tentador, sella mis sentidos y hazme recordar que mi cuerpo es templo del Espíritu Santo, y que solo los limpios de corazón te verán, ¡oh Dios! Concédeme desde ahora, por los méritos de esta caída bajo la Cruz, ser salvado de las caídas de la carne, no por un pan hecho de piedras, sino por la Carne hecha del Pan de Vida y por la Sangre hecha del Vino que engendra vírgenes.

IV Jesús encuentra a su Santísima Madre

Jesús encuentra a su Madre
Gebhard Fugel (Alemania), ciclo del Via Crucis, iglesia de San Antonio, Bad Saulgau

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.

En las bodas de Caná, cuando María advirtió primero el apuro de los anfitriones y pidió a su Divino Hijo que obrara su primer milagro, Él respondió: "Mi hora no ha llegado todavía". Pero a ruego suyo la anticipó, y cambió el agua en vino.

"Su hora", dijo, "no había llegado todavía". ¡Pero su hora era también la hora de ella, y ahora había llegado! En Caná cambió el agua en vino. En el camino del Calvario, el vino se cambia en sangre. Es la hora solemne de la consagración, en la que ella se une a los sufrimientos de su Hijo amado para salvar al mundo del terrible apuro del pecado y de la falta del vino redentor del amor de Dios. Fue la hora en que se invirtió la idea que el mundo se hace del amor, porque un Hijo llama a su madre a sufrir. Amar, entonces, no es tener: es ser tenido; es darse uno mismo por otro. Nadie amó jamás a Jesús como María; por eso, nadie sufrió jamás por Jesús como María.

Ruega por nosotros, oh Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

María, Madre querida, en esta hora tuya de dolor, ¡qué caro estás pagando el privilegio de tu Inmaculada Concepción! ¡Y haces todavía más! Porque tus dolores presentes son los dolores de parto por los que te conviertes en Madre de la humanidad, como en Belén te hiciste Madre de Jesús, tu Primogénito. Eres entonces de verdad mi Madre, no por título de cortesía, sino por los dolores del parto. Enséñame, Madre, a ver que Jesús llama al sufrimiento a los que ama, y concédeme que, así como Jesús guarda el mejor vino de su amor para la hora en que más lo necesitamos, así también te guarde a ti cerca de nosotros cuando más te necesitemos: en toda prueba y tentación, y en particular en la hora de nuestra muerte.

V Simón de Cirene ayuda a Jesús a llevar la Cruz

Simón de Cirene ayuda a Jesús a llevar la cruz
Gebhard Fugel (Alemania), ciclo del Via Crucis, iglesia de San Antonio, Bad Saulgau

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.

No era simplemente la muerte lo que los hombres pecadores querían para Nuestro Salvador; era una clase particular de muerte, sobre el signo de contradicción. Para que el agotamiento y la debilidad no les robaran el desplegarlo como bandera de salvación sobre la Cruz del Calvario, obligaron a Simón de Cirene a ayudarlo en su tarea. Simón vio en la cruz solo el peso de la madera, pero no el peso de los pecados del mundo, y por eso fue al principio un ayudante forzado y de mala gana. Pero unos pocos minutos en la dulce compañía de Jesús le cambiaron la mirada: la esclavitud se hizo libertad, la obligación se hizo amor, y la resistencia, un dulce abandono.

Yo también soy como Simón en sus primeros momentos: sé cosas de Jesús, pero no conozco a Jesús. He temido tener parte en su Cruz, y por eso he amado poco, porque poco he conocido. Con demasiada frecuencia me he empeñado en comenzar por el placer, cuando es en el placer donde debía haber terminado.

Ruega por nosotros, oh Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

Dame, oh Jesús, la comprensión de este gran misterio: que la Cruz solo asusta de lejos; que su sombra es en verdad más terrible que su realidad; que sus astillas espantan más que sus maderos; que es más fácil cargarla entera que cargar una parte. Nos has dicho, querido Salvador, que debemos tomar nuestra cruz cada día y seguirte. Concédeme entonces que, cuando una cruz se interponga entre Tú y yo, como se interpuso entre Tú y Simón, me contente con ver tus pisadas y seguirlas como las siguió Simón, hasta ser al fin, para siempre, un cautivo que no quiere escapar de las manos de tu dulce Amor.

VI La Verónica enjuga el rostro de Jesús

La Verónica enjuga el rostro de Jesús
James Tissot (Francia), Santa Verónica

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.

Simón de Cirene ayudó a Jesús con su carga, como recordatorio de que el hombre está llamado a la sublime vocación de llevar una cruz. Pero también la mujer tiene su papel, y en aquel día terrible la Verónica, con esa mirada que es propia de la mujer, contempló un rostro magullado y manchado de polvo y de sangre, y vio en él el Rostro mismo de la Divinidad.

Desafiando el respeto humano, acercó un lienzo a su rostro, y como para recordarnos que la semejanza entre Cristo y nosotros es más perfecta en el sufrimiento y en el dolor, el Divino Salvador, camino no del Tabor sino del Calvario, dejó impresa la huella de su rostro divinamente dolorido.

Ruega por nosotros, oh Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

El día, oh Señor, en que nací de nuevo del agua y del Espíritu Santo, la imagen de tu Cruz quedó estampada en mi alma, y la inscripción de tu dolor grabada en mi corazón. Hoy me preguntas: "¿De quién es la inscripción que lleva escrita?" Si es tuya, déjame dar a Dios lo que es de Dios. Concédeme que, como la Verónica, desafíe todo respeto humano para llevar tu imagen conmigo, no en un velo sino en la tabla de carne de mi corazón. Y dame también la gracia de parecerme tanto a Ti que, al andar entre los hombres, vean algo de Ti en mí, como la criada vio algo de Ti en Pedro; y si no han de ser las marcas de tu Pasión, que sean al menos las chispas de tu Amor.

VII Jesús cae por segunda vez

Jesús cae por segunda vez
Théophile Lybaert (Bélgica), ciclo de las estaciones del Via Crucis

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.

En la segunda tentación del monte, el demonio pidió a Nuestro Señor abandonarse del todo a Dios y no cuidar ni pensar en sí mismo, diciéndole: "Tírate abajo, que los ángeles te sostendrán". Pero el Salvador respondió: "No tentarás al Señor, tu Dios", recordándole a Satanás que Dios nunca nos salva contra nuestra voluntad, sino solo cuando cooperamos con su gracia.

Esta tentación no vino de la carne, sino del mundo, que tantas veces me ha dicho: "Tírate sobre las rocas del pecado; abandónate a Dios; Dios es misericordioso; Él te sostendrá; hay tiempo de sobra para arrepentirse; Dios se hará cargo de ti". Y muchas veces yo, a diferencia del Maestro, he sucumbido a esos susurros y he pecado por presunción; después hice un propósito tibio de enmienda, y volví a caer.

Ruega por nosotros, oh Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

Querido Salvador, con esta segunda caída tuya expiaste mi amor excesivo al mundo, y las muchas veces en que abusé de tu misericordia y de tu bondad como excusa para volver a pecar. Al levantarte de nuevo, me mereciste la gracia de levantarme una vez más y de continuar contigo el camino al Calvario. Líbrame del espíritu del mundo. Hazme ver que de nada me sirve ganar el mundo entero si pierdo mi alma inmortal. Me has dicho que el mundo me odiará siempre si te amo; por eso, cuando sea más amargo en sus desprecios, pido ser consolado por el recuerdo de que te odió a Ti antes que a mí.

VIII Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén

Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén
Gebhard Fugel (Alemania), ciclo del Via Crucis, iglesia de San Antonio, Bad Saulgau

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.

De todas las cosas de la tierra, la que menos conocemos es nuestro propio yo. Conocemos los pecados y defectos ajenos mil veces mejor que los nuestros, y vemos siempre la paja en el ojo del hermano, pero no la viga en el propio. Esa gran verdad, parece, pasó inadvertida en el camino al Calvario. Las piadosas mujeres de Jerusalén, aunque nada temían al declarar su lealtad delante de hombres impíos, veían solamente al Cristo sufriente a quien amaban; no veían al Cristo amante que sufría por ellas. Se compadecían del dolor, pero no se veían a sí mismas como causa de ese dolor. Eran sus pecados, y también los míos, los que Él cargó sobre sí; y como para grabarnos esa verdad a todos, brotaron de lo hondo del Sagrado Corazón las palabras dolientes: "No lloren por mí; lloren por ustedes".

Ruega por nosotros, oh Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

Oh Jesús, hazme ver la ecuación personal entre mis pecados y el Calvario. Que no llore por Ti como si yo no tuviera parte, sino por Ti a causa de mí. Hazme ver que si yo hubiera sido menos soberbio, la corona de espinas habría herido menos; que si hubiera sido menos terco en mi voluntad, la Cruz habría pesado menos; que si hubiera sido menos pecador, el camino habría sido mucho más corto. Dame la gracia de llorar mis pecados y, ya que el dolor y la alegría comparten una misma fuente, que es la fuente de las lágrimas, dame también entender que mis dolores podrán un día, por tu Amor, cambiarse en alegría eterna.

IX Jesús cae por tercera vez

Jesús cae por tercera vez
Gebhard Fugel (Alemania), ciclo del Via Crucis, iglesia de San Antonio, Bad Saulgau

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.

La tercera tentación del monte fue la tentación, no de la carne ni del mundo, sino del demonio mismo, que pidió a Nuestro Señor postrarse y adorarlo, prometiéndole todos los reinos de la tierra. Pero Jesús le dijo: "Vete, Satanás, porque está escrito: 'Al Señor tu Dios adorarás, y a Él solo servirás'".

Han sido incontables las ocasiones en que cambié el tesoro sin precio de tu gracia por el juguete de un placer pasajero. A diferencia de Cristo, creí las mentiras del demonio, y troqué la eternidad por el tiempo, la paz por el remordimiento, y la libertad de los hijos de Dios por la terrible esclavitud del pecado. Y cada vez he aprendido que, mientras Satanás promete el placer de su reino, lo que en verdad da es su desierto estéril de infelicidad y de dolor.

Ruega por nosotros, oh Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

Muchas veces, querido Jesús, te prometí, después de haber caído por la carne y por el mundo, que no volvería a caer. Esta tercera caída tuya, querido Jesús, es testigo de que he caído en las trampas del demonio; pero al levantarte de nuevo me has dado otra prenda de esperanza. Me has enseñado que hay dos clases de personas en el mundo: las que caen y se quedan en el suelo, y las que caen y se levantan. Con esta tercera caída me compraste la gracia de levantarme otra vez. No permitas que vuelva a caer. El demonio daría el mundo por tener mi alma; Tú estás dando tu propia vida por tenerla. Entonces, querido Jesús, ¡ha de valer la pena salvarla! Ayúdame a salvarla.

X Jesús es despojado de sus vestiduras

Jesús es despojado de sus vestiduras
El Greco (España), El Expolio

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.

El trato de Dios con el hombre ha sido un continuo desbordarse de su bondad. El primer desborde fue dar a las cosas la existencia, y eso fue la creación; el segundo fue el desborde de los secretos de su amor, y eso fue la revelación. Finalmente el amor, que no conoce límites, se agotó a sí mismo en la Encarnación, porque aquí, en el lenguaje de Pablo, "se despojó de sí mismo", echó su gloria a un segundo plano y tomó la forma y la condición de hombre.

Ahora, en la colina del Calvario, Jesús quiere vaciarse no solo de su gloria divina, sino hasta de la última de sus posesiones terrenas. El Vagabundo del cielo, que no tenía dónde reclinar la cabeza, es ahora despojado de sus vestiduras, para no tener nada en la muerte y darlo todo, y quedar así enteramente vacío.

Ruega por nosotros, oh Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

Pero, Jesús, el amor es recíproco, y todo vaciarse supone un llenarse. Si te vaciaste dándonos la vida divina, ¿no fue para que yo me llenara de ella? Concédeme entonces, querido Jesús, ser vaciado de egoísmo y llenado de tu caridad; vaciado de pecados y llenado de tu gracia; vaciado de lo terreno y llenado de lo celestial. Despójame de las vestiduras del mundo y vísteme con la túnica blanca del bautismo, para que por la pobreza de las cosas de la tierra me haga rico. Dame fuerzas para pagar tu vida de despojo con mi amor al sacrificio, completando en mi cuerpo lo que falta a tu Pasión, ¡oh Cristo!

XI Jesús es clavado en la Cruz

Jesús es clavado en la cruz
Gerard David (Flandes), Cristo clavado en la cruz. The National Gallery, Londres

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.

Nuestro Señor sube a su púlpito por última vez. Esta vez no es la barca de Pedro, ni las colinas de Galilea, sino el púlpito de la Cruz, que, como las palabras que va a pronunciar, seguirá siendo elocuente cuando el tiempo ya no exista. El Predicador es la Palabra de Dios; la asamblea la forman los soldados que se juegan a los dados sus vestiduras; los incrédulos, cuyas bocas son cráteres de odio y volcanes de blasfemia; y los fieles, María, Magdalena y Juan: la inocencia, la penitencia y el sacerdocio, los tres tipos de almas que estarán para siempre al pie del púlpito de la Cruz. El sermón son las Siete Palabras, palabras de amor y de perdón; primero a los enemigos: "Perdónalos, porque no saben lo que hacen"; después a los pecadores: "Hoy estarás conmigo en el paraíso"; después a los santos: "Madre, ahí tienes a tu hijo".

Ruega por nosotros, oh Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

Querido Jesús, al escuchar tu sermón, que revela tu sed tremenda de amor, empiezo a descubrir qué es el amor de verdad, y cuántas veces lo he crucificado: tus manos, tantas veces alzadas para bendecirme, las clavé; tus pies, que tantas veces me buscaron por los caminos torcidos del pecado, los taladré con hierro; tus labios, que tantas veces me llamaron desde las sendas del mal, los cubrí de polvo y ampollas. Y ahora oigo tu palabra de amor que perdona, y empiezo a entender que cuando traspasé tu corazón, era el mío el que mataba. A tu Cruz vuelvo ahora, cáliz de todas las miserias comunes y esperanza de los pecadores sin consuelo. Que a su sombra aprenda para siempre la lección de que no se necesita mucho tiempo para hacerme santo, sino solamente mucho amor; y que, si yo nunca hubiera pecado, oh Jesús, nunca podría llamarte "Salvador".

XII Jesús muere en la Cruz

Jesús muere en la cruz
Iluminador anónimo (Etiopía), Crucifixión, devocionario iluminado. Chester Beatty Library, Dublín

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.

La gran pira del sufrimiento va consumiéndose poco a poco, y la sangre del Hombre-Dios se seca sobre la Cruz en testimonio de su partida. Sus vestiduras quedan legadas a sus verdugos, su sangre a la tierra, su cuerpo al sepulcro, su Madre a Juan y su alma a su Padre celestial. Terminada la última palabra de su testamento, inclina la cabeza y muere. Su espíritu desciende al limbo, y su escolta es un ladrón. Todo está consumado. Dios ha tenido su desquite. Tres cosas cooperaron en nuestra caída: el hombre desobediente, Adán; la mujer soberbia, Eva; y el árbol. Nuestro Redentor usa las mismas tres para devolvernos a la vida divina: el Hombre obediente, Cristo; la humilde Eva nueva, María; y el árbol, que es el árbol de la Cruz. Pero el triunfo no se ve todavía, porque del grupo que rodea la Cruz sube el grito de su victoria momentánea: "A otros salvó; a sí mismo no puede salvarse".

Ruega por nosotros, oh Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

¡Oh Jesús, claro que no puedes! Ningún hombre puede salvarse a sí mismo si ha de salvar a otro. Tu debilidad no es impotencia, sino obediencia a una ley que es la ley del sacrificio. Las hojas no pueden salvarse a sí mismas si han de brotar el verdor, ni la bellota salvarse a sí misma si ha de brotar el roble. Ni puedes Tú, oh Jesús, salvarte a Ti mismo si de verdad nos estás salvando del pecado. Concédeme un amor eterno y constante a tu Redención, y mientras esté en la tierra, hazme ver que no existe tal cosa como rodear la Cruz: los brazos extendidos no me lo permiten. Concédeme que, como Tú, pierda mi vida para el tiempo, y así, por la más extraña de las extrañas paradojas, la salve para la eternidad.

XIII Jesús es bajado de la Cruz y puesto en brazos de María

Jesús es bajado de la cruz
Taller de Rembrandt van Rijn (Países Bajos), El Descendimiento de la cruz. National Gallery of Art, Washington

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.

El Hijo pródigo ha vuelto, porque ¿no es Jesús el pródigo? Hace treinta y tres años dejó la casa celestial de su Padre y partió al país extranjero de este mundo, gastándose y dejándose gastar, enseñando a la humanidad, abriendo ojos ciegos a la luz del sol de Dios y destapando oídos sordos a la música de la voz humana. Y ahora el Derrochador del cielo ha malgastado la sustancia de su cuerpo y de su sangre entre los pecadores, y del todo gastado y exhausto, es puesto en los brazos de su Santísima Madre, que por un momento piensa que Belén ha vuelto.

Ruega por nosotros, oh Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

¡Oh, no, María! ¡Belén no ha vuelto! Aquellas manos que un día se aferraban a los regalos de los Magos están atravesadas por clavos; aquella frente de niño donde la majestad puso un día su trono lleva ahora una corona de espinas; los pies de niño que un día no podían caminar porque no podían con el peso de la Omnipotencia divina, ahora no pueden caminar porque están traspasados por los clavos. Alguien, María, se ha interpuesto entre Belén y esta hora. ¡No es Belén que vuelve! ¡Es el Calvario! Y lo que se interpuso son mis pecados. Oh María, intercede por mí ante tu Hijo. Déjame sacar de tu corazón tus siete espadas. Madre de Dios, ¡déjame ser tu pródigo!

XIV Jesús es colocado en el sepulcro

Jesús es colocado en el sepulcro
Iluminador anónimo (Armenia), El entierro de Cristo, evangeliario. Walters Art Museum, Baltimore

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste al mundo.

Por lo general, el mundo suele conceder al menos una doble hospitalidad: un lugar donde nacer y un lugar donde morir. Pero ambas se las negó a Aquel que es el Dueño de la vida y de la muerte. Para nacer, le dieron una cueva bajo el suelo del mundo; para morir, le dieron el lecho de la Cruz; por almohada, una corona de espinas, y para que las manos y los pies no se salieran, se los sujetaron con clavos. Y así la gloria de su nacimiento quedó escondida en la más pequeña de las ciudades de Israel, y la ignominia de su muerte en la más grande de todas. Nacido en la cueva de un extraño, sepultado en la tumba de un extraño, Cristo declara al mundo que el nacimiento humano y la muerte humana le eran igualmente ajenos; pero ¿a quién pueden serle extraños el nacer y el morir terrenos, sino a Dios?

Ruega por nosotros, oh Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

Dulce Jesús, ahora entiendo, mientras te colocan en el sepulcro, que la ley de la vida es la ley de la muerte; que nada nace sin que algo muera, y nada muere sin que algo viva. Tu vida me ha enseñado que si no hay Cruz nunca habrá sepulcro vacío; que si no hay corona de espinas nunca habrá aureola de luz; y que si no hay cuerpo flagelado nunca habrá cuerpo glorificado. Puesta ante mí la alegría de tu resurrección, dame fuerzas para soportar la Cruz y tener parte en la comunión de tus sufrimientos, hasta aquel otro día de resurrección en que, en la Jerusalén celestial, serán enjugadas las lágrimas, y tu amor, que es Dios, reinará por los siglos de los siglos. Amén.

Oración después del Via Crucis

Ofrecida por las intenciones del Santo Padre, Vicario de Jesucristo.

Querido Jesús, Tú eres la Palabra de Dios, y la Palabra de Dios, nos has dicho, es una semilla que solo da vida a condición de caer en tierra. Como semilla de vida eterna, caíste a la tierra con tu muerte el Viernes Santo, pero te alzaste gloriosamente a tu vida nueva el Domingo de Pascua. Así nos has enseñado que vivir como cristiano es morir al mundo en un Calvario de tiempo, como preludio de una Pascua eterna en el cielo. Concédeme que en aquel día, cuando vengas sobre las nubes del cielo a juzgar a vivos y muertos, llevando tu Cruz como signo de triunfo y tus llagas como prendas de amor, pueda yo mostrarte mi cruz y mis llagas, y merecer oír de tus propios labios: "Vengan, benditos de mi Padre, al Reino preparado para ustedes desde toda la eternidad". Amén.

El Via Crucis fue predicado por el padre Fulton J. Sheen el 20 de marzo de 1932 y publicado ese año por el National Council of Catholic Men, Washington, DC. Imprimatur: obispo John Francis Noll, D.D., Diócesis de Fort Wayne, Pascua de 1932. Esta versión en español es una traducción fiel e íntegra de ese texto, preparada por Via JMJ.