El Arzobispo Fulton J. Sheen predicando
Su vida

Mons. Fulton J. Sheen: vida y legado espiritual

Un obispo de capa, con una tiza en la mano, hablando de Dios como si Dios fuera el tema más interesante del mundo. Para él, lo era.

Unas palabras antes de empezar

Millones de personas conocieron a Mons. Fulton J. Sheen de la misma manera: encendían la radio o, más tarde, el televisor, y allí estaba él, un obispo con capa y una tiza en la mano, hablando de Dios como si fuera el tema más fascinante del mundo. Para él, lo era.

Pero detrás de la figura pública había una profunda vida de oración. Durante cada día de su sacerdocio, dedicó una Hora Santa ante el Santísimo Sacramento. Insistía en que todo lo demás —sus libros, sus programas y los frutos de su ministerio— nacía de esa hora de oración.

Esta es una breve síntesis de su vida: no pretende reunir cada detalle de una larga existencia, sino mostrar sus rasgos esenciales y su centro espiritual.


Infancia en Illinois (1895-1913)

Fulton J. Sheen nació el 8 de mayo de 1895 en el pequeño pueblo de El Paso, Illinois. Fue el mayor de los hijos de Newton y Delia Sheen, una familia de ascendencia irlandesa que tenía una modesta ferretería.

Fue bautizado con el nombre de Peter John. En su bautismo, su madre lo puso bajo la protección de la Santísima Virgen María, una entrega que él renovó el día de su Primera Comunión. María permanecería en el centro de su vida espiritual durante las siguientes ocho décadas.

Desde pequeño comenzó a ser llamado Fulton, el apellido de soltera de su madre, y ese nombre lo acompañó durante el resto de su vida.

Cuando tenía alrededor de cinco años, la familia se trasladó a la cercana ciudad de Peoria. Allí asistió a la escuela, sirvió en la Misa de la catedral y sobresalió en sus estudios, tanto en las materias ordinarias como en las humanidades.

Fulton Sheen de joven sacerdote, retrato de estudio
Fulton Sheen en sus primeros años de sacerdote. Fotografía: Sheen Archive, The Catholic University of America.

El llamado (1913 a 1919)

En 1913 ingresó en St. Viator College, en Bourbonnais, Illinois, una institución de los Clérigos de San Viator. Durante esos años, su llamado al sacerdocio se volvió inconfundible.

La decisión implicó un sacrificio. Rechazó una beca para continuar sus estudios y entró al seminario de St. Paul, Minnesota.

El 20 de septiembre de 1919 fue ordenado sacerdote de la Diócesis de Peoria en la catedral de Santa María. Ese día hizo el compromiso que marcaría toda su vida: una Hora Santa diaria ante el Santísimo Sacramento. Fue fiel a esa promesa hasta su muerte.

Fulton J. Sheen de joven sacerdote
El joven padre Sheen, en los años posteriores a su ordenación. Fotografía de Harris & Ewing.

El estudiante en Europa (1919-1926)

El joven sacerdote fue enviado a continuar su formación. En 1920 obtuvo títulos en derecho canónico y teología sagrada en la Universidad Católica de América, en Washington.

Más tarde viajó a la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica, donde obtuvo el doctorado en filosofía. En 1923 recibió el Premio Internacional Cardenal Mercier de Filosofía, convirtiéndose en el primer estadounidense en recibirlo.

Durante el año académico 1924-1925 impartió un curso de teología dogmática en St. Edmund’s, Inglaterra.

El 6 de julio de 1925 regresó a Lovaina y aprobó con la máxima distinción el exigente examen final conocido como agrégé, que lo habilitaba para enseñar filosofía con rango de profesor.

Monseñor Sheen escribiendo en su escritorio en Washington
En su escritorio en Washington, durante los años de la Universidad Católica. Fotografía: The American Catholic History Research Center and University Archives, The Catholic University of America.

El profesor (1926-1950)

De regreso en Estados Unidos, fue nombrado profesor en la Universidad Católica de América. Allí enseñó teología y, posteriormente, filosofía y religión, hasta 1950.

Esos años en el aula explican mucho de lo que vendría después. La claridad que más tarde lo haría tan eficaz en radio y televisión nacía de un filósofo bien formado, capaz de explicar con sencillez las cuestiones más difíciles.

Fulton Sheen predicando con su capa ante un micrófono
Ante el micrófono. Durante veinte años su voz llegó al país antes que su rostro. Fotografía: OSV News photo / archivo.

La voz de la radio (1930-1950)

En marzo de 1930 comenzó a conducir The Catholic Hour, un programa nacional de radio que se transmitía los domingos por la tarde. Lo dirigiría durante veinte años.

La respuesta fue extraordinaria. En poco tiempo reunió una de las audiencias más grandes de la radio estadounidense, estimada en alrededor de cuatro millones de oyentes por semana. Muchos de ellos pidieron ser recibidos en la Iglesia Católica.

El papa Pío XI reparó en él y lo nombró prelado doméstico.

En 1946 se incorporó al consejo del Catholic Medical Mission Board, un servicio que continuaría durante treinta años.

Misionero sin salir de casa (1950 a 1966)

En 1950 se le encomendó la dirección nacional de la Obra de la Propagación de la Fe en Estados Unidos, cargo que desempeñó durante dieciséis años.

Era una misión especialmente acorde con sus dones. Recaudó millones de dólares para las misiones y, sobre todo, ayudó a los católicos estadounidenses a reconocerlas como una responsabilidad propia.

Buena parte del trabajo era más silenciosa que las transmisiones. El obispo cuyo nombre figuraba en la programación de televisión era también el obispo que acudía cuando una parroquia lo llamaba: a bendecir un edificio nuevo, a predicar en su dedicación, y a quedarse después bajo el sol con la gente que lo había pagado.

El obispo Sheen con mitra y capa pluvial, con su báculo, entre dos diáconos revestidos frente a un edificio de ladrilloEl obispo Sheen bendiciendo los nuevos edificios, rodeado de clero y feligresesEl obispo Sheen en el altar durante la Misa en el salón parroquial, con un gran mural detrás y la asamblea sentada
El obispo Sheen en la parroquia de San Lucas, en la dedicación de la ampliación de la escuela, el gimnasio y el McBride Hall. Cortesía del archivo parroquial.
El obispo Sheen ante el pizarrón durante Life Is Worth Living
El pizarrón, y el ángel que lo limpiaba entre toma y toma. Fotografía: cortesía de NBC News Archives / NBCUniversal Media, LLC.

Obispo y predicador televisivo (1951-1957)

El 28 de mayo de 1951 fue nombrado obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Nueva York.

Ese mismo año pasó de la radio al nuevo medio, comenzando el programa que lo convirtió en un nombre familiar: Life is Worth Living. Salía al aire los martes a las ocho de la noche. No cobró nada por él. No usaba guion.

Empezó en apenas tres estaciones. A los dos meses, después de que las revistas Life y Time le dedicaran reportajes, estaba en quince. Con el tiempo llegó a ser retransmitido por unas quinientas emisoras de televisión y radio, y en su punto más alto alcanzaba decenas de millones de televidentes por semana. Llegaban cartas a un ritmo de ocho mil quinientas por semana, y los pedidos de entradas para el estudio cuadruplicaban lo que se podía atender.

Lo programaron frente a Milton Berle y Frank Sinatra, y se mantuvo firme. En 1952 recibió el premio Emmy a la personalidad más destacada de la televisión. Al aceptarlo, agradeció a sus guionistas: Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

Retrato del obispo Fulton J. Sheen por Yousuf Karsh
El obispo Sheen en la cima de su fama, por el gran retratista Yousuf Karsh. Fotografía © Yousuf Karsh.

Quienes lo veían recuerdan el estilo casi con la misma claridad que el mensaje. Salía con capa y cruz pectoral a un plató ambientado como un estudio tranquilo, y sencillamente enseñaba. Cuando un punto pedía un dibujo, se volvía hacia un pizarrón y lo trazaba con tiza, y para cuando se daba vuelta el pizarrón ya estaba limpio otra vez, borrado por un tramoyista que él siempre prefirió atribuir a su ángel. Contaba chistes secos a costa de sí mismo. Y nunca le tuvo miedo al silencio: dejaba que una pausa se sostuviera hasta que la frase anterior se hubiera asentado.

Se le atribuye también haber conducido el primer servicio religioso transmitido por televisión.

Lo que hacía funcionar el programa, sin embargo, no era el espectáculo. Era su don para tomar las verdades más difíciles de la fe y exponerlas con una sencillez que un hombre cansado en su sillón podía seguir. La serie se emitió hasta 1957.

El Arzobispo Sheen predicando con la mano en alto
Predicaba igual a los setenta que a los treinta: sin guion. Fotografía: OSV News photo / archivo.

Pruebas, y el Concilio (fines de los años cincuenta a 1966)

El relato oficial de la Iglesia sobre su vida no pasa en silencio los años difíciles. En medio de este apostolado fecundo, dice con claridad, encontró obstáculos, dificultades y desacuerdos.

Los llevó sin amargura, y siguió trabajando. Viajó extensamente por el mundo al servicio de las misiones.

El beato Papa Juan XXIII lo nombró miembro de la Comisión Pontificia para la Evangelización de los Pueblos y lo contó entre las voces más destacadas de las sesiones preparatorias del Concilio Vaticano II. El Papa Pablo VI volvió a llamarlo después para la comisión posconciliar sobre las misiones.

De 1961 a 1968 condujo una segunda serie de televisión, The Fulton Sheen Program, construida sobre el modelo de la primera.

El obispo Sheen con una mitra bordada, en color
En Rochester, con la mitra que llamaba su preciosa. Fotografía: cortesía de Liturgical Arts Journal.

Obispo de Rochester (1966 a 1969)

El 21 de octubre de 1966 fue nombrado Obispo de Rochester, Nueva York.

Llegó decidido a poner el Concilio en práctica y no solo a elogiarlo. Reorganizó y renovó las instituciones de la diócesis, fortaleció su labor pastoral y prestó particular atención a la formación de los seminaristas y los sacerdotes.

Sobre todo, volvió la diócesis hacia los pobres y los enfermos, procurando protección y ayuda reales para los que estaban en los márgenes. El decreto sobre sus virtudes describe lo que hizo allí como un ministerio auténticamente de frontera, que llevaba la Iglesia a los miembros más débiles de la sociedad. El Papa Pablo VI tuvo su obra en alta estima.

Los años ocultos (1969 a 1977)

En octubre de 1969, tras casi tres años en Rochester, la Santa Sede aceptó su renuncia y lo nombró Arzobispo titular de Newport, en Gales. Dijo que no se retiraba: solo cambiaba de rumbo.

Regresó a Nueva York y eligió vivir en una casa pequeña y humilde, haciendo él mismo las tareas del hogar. El sacerdote más famoso de Estados Unidos tendía su propia cama.

Después de su retiro de la administración diocesana, regresó a Nueva York, siguió predicando, enseñando y escribiendo. Durante su vida publicó más de cincuenta libros.

Toda su vida pública descansaba sobre una vida oculta. El decreto de la Iglesia dice que su singular actividad pastoral estuvo fundada y guiada por una firmísima vida interior, sostenida cada día por la Eucaristía, por la oración de la Iglesia y por la devoción a la Virgen.

Vivía en una conciencia constante de la presencia de Dios, y de esa conciencia las virtudes brotaban sin esfuerzo: la fe, la esperanza y la caridad para con Dios y para con el prójimo, y con ellas la prudencia, la justicia, la templanza y la fortaleza. Quienes lo conocían se iban con la impresión de haber conocido a un hombre santo.

El último abrazo (1977 a 1979)

El 15 de julio de 1977 se sometió a una cirugía a corazón abierto con verdadero riesgo de vida. Sobrevivió, pero sus fuerzas nunca volvieron del todo.

El 2 de octubre de 1979, sin atender al estado de su salud, insistió en estar presente cuando el beato Papa Juan Pablo II visitó la catedral de San Patricio de Nueva York durante su viaje apostólico. Lo llevaron a la catedral en silla de ruedas.

El Papa se le acercó y lo abrazó, y elogió su devoción constante y ardiente por difundir la palabra de Dios y su singular fidelidad a la Iglesia. Las palabras que recuerdan los presentes fueron estas: has escrito y hablado bien del Señor Jesús, y eres un hijo fiel de la Iglesia.

Una pintura de monseñor Sheen en la catedral de Santa María, Peoria
Una pintura de monseñor Sheen en la catedral de Santa María, Peoria. Fotografía © John Paul Sonnen / Liturgical Arts Journal.

Fue el último momento público de su vida, y lo recibió como un sello sobre todo lo anterior.

Dos meses después, el 9 de diciembre de 1979, Fulton John Sheen murió en paz en Nueva York. Lo encontraron donde había pasado una hora cada día durante sesenta años: ante el Santísimo Sacramento.


El Arzobispo Sheen estrechando la mano de un hombre entre la multitud
Dedicó la última década de su vida a los retiros, a los sacerdotes y a quien tuviera delante. Fotografía: Associated Press / archivos del Chicago Tribune.

Lo que vino después

La historia no termina en la tumba, y en su caso ni siquiera se detuvo ahí. La gente empezó a rezarle casi de inmediato, y con el tiempo la Iglesia empezó a escuchar.

Murió el 9 de diciembre de 1979 en Nueva York. Su causa de canonización se abrió en Peoria en 2002; fue declarado venerable en 2012 y en 2019 se reconoció un milagro atribuido a su intercesión.

Sigue la causa del Venerable Fulton J. Sheen


Por qué sigue hablándonos

Mons. Sheen fue profundamente hijo de su tiempo. Usó con creatividad los medios más nuevos de su época y no temía hablar ante una cámara ni ante un público en el estudio.

Sin embargo, su mensaje conserva una notable actualidad porque hablaba de las realidades permanentes del corazón humano: la inquietud, el pecado, la misericordia, la Cruz y el amor de Dios.

Enseñó en aulas y parroquias, por radio y televisión, y en más de cincuenta libros. En todos esos lugares hizo lo mismo: expuso la fe con claridad y mostró su belleza.

Él querría que la última palabra fuera sencilla. La vida vale la pena vivirla, porque la Vida que la da vale la pena amarla.


Pide su intercesión

Mons. Sheen nunca quiso atraer la atención hacia sí mismo. Quería conducir a las personas hacia Cristo, como una ventana que deja pasar la luz.

Preséntale en oración aquello que llevas en el corazón y pídele que interceda por ti ante el Señor a quien sirvió durante sesenta años.

Reza con el Venerable Fulton Sheen

Allí encontrarás la oración para pedir su intercesión, las oraciones que él mismo amaba, y la Hora Santa diaria que fue la fuente oculta de todo lo que acabas de leer.